Busco en las fotografías una promesa por cumplirse en la que cada toma tiene su propia cadencia. Como si cada escena formara parte de un drama más vasto que se desarrolla fuera del encuadre. Lo que se muestra es solo un fragmento: la ausencia de algo que parece haber sido, una tragedia recurrente, apenas insinuada, que se revela en retazos. Humanos sin rostro, desenfocados, cortados por el cuadro o de espaldas. Esbozos de una humanidad indefinida que, en su anonimato, realzan la condición humana de lo que nos rodea y, sin embargo, nunca parece suficiente.
En este tejido urbano, la apariencia se erige como el principal lenguaje. Los rostros, cubiertos por la velocidad y la indiferencia, se diluyen en una puesta en escena donde cada imagen condensa la vida en un instante. Es un retrato colectivo que no busca identificar, sino revelar la verdad de lo inasible: la complejidad de lo ausente, lo efímero y lo inesperado.